CONDENANDO AL HERMANO

Por: Marcos Gabriel Martorelli

Quiero compartirles, una reflexión a partir del relato del enviado Juan conocida por todos como la historia de la mujer adúltera. Este acontecimiento, según nos aclara el Moréh Yoséf en la VIN, no aparece en los manuscritos griegos del siglo 4 pero sí en la Peshita del siglo 2. La cuestión es que esta historia llegó hasta nosotros y es por todos conocida.

El apóstol Juan relata el incidente cuando los maestros de Toráh y los perushim trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y pidieron a nuestro Mashíaj que diera su parecer respecto a si darle muerte o no, apedreándola por su pecado.

 Mi reflexión surge a partir de esta lectura, hermanos. Mientras uno se va perfeccionando en este peregrinar descubre actitudes propias que gracias a las misericordias del Abba salen a luz y una de las cosas que salen a la luz es la costumbre o tendencia y al menos así me suele suceder, que en cuanto alguien me ofende, o realiza un acto con el que no concuerdo, rápidamente puedo juzgar y hasta condenar. Uno se cree con derecho a hacerlo porque está en desacuerdo con el obrar de la otra persona, y puede ser que tenga razón, que lo que hizo la otra persona no sea correcto.

Puede ser también que uno no juzgue en voz alta,  que no lo diga pero que lo piense y que entonces estos pensamientos permanezcan ocultos a los ojos de quien me ofendió, o de aquel que considero no hizo lo correcto, pero nosotros sabemos que estos pensamientos no están ocultos para el Abba.

Cuando nos condenamos unos a otros en silencio imponemos una pena sobre los demás sin tener en cuenta que esto solo puede hacerlo quien esté libre de pecado, como enseña el Mashíaj en esta historia.

No somos Jueces de los demás

Puede también suceder que guardemos dentro nuestro la ofensa o el error cometido y decirle al hermano: “no fue nada, todo bien, quédate tranquilo”, pero esta puede ser también una forma sutil de juzgarle.

En la historia de la mujer adúltera el Mashíaj dice: “El que de ustedes esté sin pecado, sea el primero en tirar la piedra contra ella”.

Nosotros estamos de acuerdo con el proceder que tuvo nuestro Mashíaj respecto a esta mujer librándola de la muerte, claro, estamos de acuerdo con él, pero, ¿qué sucedería si esta mujer es la propia? 

En esto centro mi reflexión hermanos: ¿quiénes somos nosotros para juzgar…? Y, peor aún, ¿quiénes somos nosotros para condenar?

Bueno, podremos decir que somos los damnificados. Yo soy damnificado de lo que me hizo tal hermano, tal persona me hizo daño y yo me encuentro muy ofendido.

No somos jueces de los demás

¿Pero…quién nos puso por juez?  Bueno, a veces, nos pone por juez el propio dolor, como yo estoy muy lastimado juzgo y condeno.

Pero nuestro Mashíaj Yahoshúa nos permitió reconocernos como pecadores y, como pecador, yo no estoy en condiciones de juzgar a otro pecador.

Más adelante, en esta historia, el Mashíaj Yahoshúa le pregunta a la mujer: “Dónde están ellos? ¿Nadie te ha condenado? Y ella dijo:

Nadie, Adón. Y Yahoshúa le dijo: Ni yo te condeno. Ahora vete y no peques más”.

Yahoshúa, nuestro Mashíaj, ¿vino a condenarnos o a rescatarnos? ¿Vino a que paguemos o a pagar? Entonces, qué hacemos nosotros haciéndole pagar al hermano o hermana el pecado que cometió contra nosotros,  ¿Qué hacemos nosotros señalando al hermano en lugar de ayudarlo en su restauración?

Nosotros que seguimos al Mashíaj, no andamos en tinieblas. Y cuando hacemos estas cosas, hermanos, es que la Rúaj nos dice: ¡ojo, acá hay tinieblas así que vamos, ponte en marcha por el mejor camino!  y entonces, si uno se pone en marcha las tinieblas quedan atrás. Porque el Shaliaj Shaúl nos dice que el camino más excelente es el amor, tenemos que ponernos en marcha por este camino, el del amor.

“Por lo tanto, me parece prudente como dice la palabra si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo, pero privadamente, solo entre tú y él. Si te hace caso, habrás ganado a tu hermano”. [1]

Nuestro roeh Carlos nos enseñó en uno de los estudios de los martes que, en lugar de centrar el foco en el ofensor, como habitualmente haríamos, tenemos que poner el centro de atención en el ofendido. En este caso, si mi hermano me ofende, en lugar de mirar su accionar debo mirarme a mí mismo. Si nos centramos en el ofensor uno está pensando en el pecador y el pecado que hizo  pero lo que nos enseña el Mesías no tiene que ver con el ofensor sino con el perdón y la reconciliación. El perdón y el reconciliar son la expresión máxima del amor del Padre celestial. Se trata del amor que el Padre tiene para cada uno de nosotros. Por lo que debo mirarme a mí mismo y verme perdonando y buscando la reconciliación con mi hermano.

Me llamó la atención una palabra en Isaías que dice: “Y vengan ahora,” dice YAHWEH: “Razonemos esto juntos. Aunque sus pecados sean como escarlata, Yo los haré blancos como la nieve; aunque sean rojos como el carmesí, serán blancos como lana”.

 La concordancia Strong muestra que la palabra RAZONARÁS proviene de la raíz primaria:  יָכַח Yakákj, que se traduce como: tener razón; alegar, razonar recíprocamente.

RAZONEMOS JUNTOS, HERMANOS, en lugar de juzgar y condenar.

Yahoshúa vino a nosotros para restaurarnos, no para condenarnos, aún a aquel que es sorprendido en el acto mismo del pecado.

Como el apóstol Shaúl enseña: Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna transgresión, ustedes que son espirituales, restauren al tal con espíritu de mansedumbre, considerándote a tí mismo, no sea que tú también seas tentado”.[2]

¿Considerarnos a nosotros mismos qué quiere decir?

Recordemos que cuando somos nosotros quienes nos equivocamos, cuando somos nosotros los que volvemos a fallar, entonces nos acercamos al Abba clamándole, y le pedimos que siga siendo paciente y misericordioso con nosotros. ¿Y entonces…por qué no obramos igual con el hermano?

Muchas gracias.


[1] Mt.18:15

[2] Gal.6:1

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