El Artista

Por: Felisa Casahorran

Cuando el cincel hirió por vez primera el bloque de granito, un hondo grito lanzó como si fuera carne viva, que aquella roca, la partida entraña.

Piedad señor, qué saña, qué furia cruel y loca que anima contra mí, ¿por qué me hieres?

En el regazo de mi madre roca, yo me hallaba feliz en mi existencia, tranquila y olvidada. Feliz en la inconciencia de mi nada y nada en lo infeliz de mi inconciencia.

Mas hoy tu hierro en chispas encendido con que furor insano arranca trozos de mi pecho herido.

Aparta, déjame, detén tu mano. Un golpe y otro golpe, otro más, otro y otro y otro todavía.

El artista callaba y proseguía, aunque tenía el propio corazón compungido por el dolor de aquella piedra que gemía.

Y así bajo los golpes del cortante cincel, batido por el mazo, fuese abriendo aquel bloque como si fuera carne palpitante.

A cada golpe, un surgido chispazo, a cada golpe un grito, un grito en una forma que surgía del bloque de granito.

Martirizada gestación, tormento hecho fecundo por la milagrosa mano, que obra con vigorosa incisión o con leve tocamiento, iba sacando de la amorfa masa conforme a sus designios inspirados.

aquí un suave contorno, allí una arista, dolor, cincel creador en manos del artista. Y así del bloque aquél surgió una forma que alentó la vida en el pecho de piedra, pulso vivo, caliente, enternecido y al fin un corazón.

En los ojos de piedra una caliente lágrima brilló. En los labios de piedra agradecida, reverente, humilde, tembló por fin la voz.

Perdóname, divino artista del amor y del dolor. Perdóname señor, yo no sabía. El artista callaba y sonreía.

Amén.

Mujeres Ayin
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