La Culpa Es De La Vaca.

Por. Silvina Carrizo

Hay una conducta muy nuestra, que se remonta a los tiempos del Éden, y es la de echar las culpas propias afuera, como se dice habitualmente.

Y “el afuera” no necesariamente siempre es una persona, a veces la culpa es de la humedad, otras veces la tiene el gobierno presente y si no, seguro que es del gobierno futuro; casi siempre la culpa es de la serpiente, pero cuando este cuento no resulta, lo más apropiado es que el culpable sea el Gran Bonete.

Hace unos años atrás, una nota periodística daba cuenta de esta costumbre primigenia que trasciende fronteras y toda razón elevada.

Colombia estaba promoviendo la exportación de zapatos y carteras de cuero a EE. UU. y un consultor norteamericano entrevistó los almacenes del rubro quienes le aseguraron que dichos productos eran caros y de baja calidad.

Por esto, el asesor fue a las fábricas preguntando la razón de semejantes precios y calidad, y allí le aseguraron que la culpa no era de los fabricantes sino de las curtiembres que imponían alto impuesto a los cueros importados para proteger los nacionales.

Entonces, el consultor se dirigió a las curtiembres a preguntar, donde le dijeron:  la culpa no es nuestra, sino de los mataderos que sacan cueros de mala calidad. Y los mataderos dijeron: no es culpa nuestra, sino de los ganaderos que no invierten en venenos para garrapatas y acostumbran a marcar las reses en todas partes, arruinando sus cueros, para que no se las roben.

Finalmente preguntó a los ganaderos, que respondieron: no es culpa nuestra, sino de las tontas vacas que no tienen mejor idea que restregarse contra los alambres de púa para rascarse las garrapatas.

La conclusión del asesor fue muy cómica, dijo: los productores colombianos de carteras de cuero no pueden competir en el mercado de Estados Unidos “¡porque sus vacas son tontas!” [1]

“Quién no sabe bailar le echa la culpa al piso.”[2]

Hay culpas y culpas. Porque una cosa es cuando le echamos la culpa a la pelota de que no haya goles y otra cosa es cuando hacemos una maldad.

Luego están los sentimientos de culpa, y estos si que son pesados de cargar. Porque la culpa parece estar en el aire que respiramos, de manera que es habitual que uno sienta culpa por todo.

Así que por un lado podemos patear la pelota de la culpa afuera de la cancha y, por otro lado, quedarnos atajando todos los penales. Los sentimientos culposos a veces ni sabemos cómo llegan a nuestra vida, porque tienen que ver con condiciones sociales, culturales, familiares y religiosas.

Entonces una siente culpa porque no es pobre y porque es pobre, porque quiere decir que no y entonces dice que sí; culpas por no cumplir con las expectativas de los demás; cargar con la culpa de la separación de tus padres, o con el fallecimiento de un familiar.

El panorama es enorme, pero el problema es cuando esas culpas, que pueden ser hasta creadas inconscientemente, se adueñan de nuestros pensamientos donde reside la voluntad.

Entonces, da lugar a la depresión, la ansiedad, la irritabilidad, el malhumor, la apatía, etc. Porque la culpa que “se carga” produce un sufrimiento continuo, remordimiento y muchas veces, clama por la necesidad de castigo.

“Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa”[3]

Acarrear culpas nos destruyen. Pero nosotras, quienes somos del Mashíaj, somos nuevas personas y lo pasado en nuestras vidas queda de experiencia, no en forma de culpa.

En lo presente, tenemos el trabajo de luchar contra esta corriente del mundo y hacer justamente lo contrario: revisar nuestros actos, asumir nuestros errores y actuar en consecuencia.

A diferencia de lo que sucede en el mundo, donde la culpa conduce a una actitud indolente y de sufrimiento, cada situación que nos hace sentir culpa la debemos mirar desde nuestra emunah de manera que en lugar de hundirnos nos eleve.

Tenemos que considerar que esas cosas que sucedieron, esas acciones que cometimos o pensamos están ahí para hacernos crecer.

El poder verlas, reconocerlas, reflexionar sobre ellas, nos da lugar a que las acreditemos como experiencias, buenas o malas, con causas y efectos, pero que, en definitiva, para quienes estamos centradas en nuestro Creador, es para un bien mayor, porque nos permiten ser maduras espiritualmente.

“Examinemos nuestros caminos; investiguémoslos y volvamos a Yahweh.”[4]

En estos tiempos de reflexión y oración previos a Yom Teruah, es una buena oportunidad para meditar profundamente en las culpas que cargamos, en revisar nuestras decisiones, nuestras actitudes repetitivas, sabiendo que no son las circunstancias las culpables sino la forma en que las miramos.

¿Y cómo mirarlas?

Como situaciones que nos permiten transformar aquello que hicimos mal en bien, recapacitar y acercarnos a quienes lastimamos. Permitirnos entregarnos al Padre buscando su perdón y disponiéndonos a recibir a quienes buscan nuestro perdón.

El que nos juzga es el Padre y no sólo conoce todas nuestras debilidades, sino que quiere que hagamos teshuváh, que retornemos a Él, a sus caminos para que vivamos y seamos libres para buscarlo. El Mashíaj permitió esto con su sacrificio, no podemos despreciarlo.

Confiemos plenamente que siempre “Volverá a aceptarnos en amor; cubrirá nuestras maldades, tú arrojarás todos nuestros pecados a las profundidades del mar.

Tú te mantendrás fiel a Yaaqov, leal a Avraham, como prometiste bajo juramento a nuestros padres en tiempos pasados.”  [5]


[1]  “La culpa es de la vaca”, Michael Fairbank, Diario El Tiempo, 23 de octubre del 2000.

[2] Orson Wells

[3] “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa” Esta oración iba acompañada con golpes de puño sobre el pecho. Se llamaba El Confiteor (traducido como ‘Yo confieso’ o más popularmente como ‘Yo pecador’) ‘Rito Romano’ usado en las Misas  que se daban completamente en latín, desde el siglo XVI y hasta mediados del XX.

[4] Lamentaciones 3:40

[5] Miq.7:19-20

Mujeres Ayin
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