La Mujer Encorvada.

Por: Silvina Carrizo

El que siembra, recoge (si consigue levantarse)

Trabajar en la huerta o en el jardín es muy reconfortante hasta que, luego de haber estado 15 minutos en cuquillas sacando yuyos, intentas levantarte.

Es en ese preciso momento que registras aquello que por años ignoraste: la ciatica.

Tienes un nervio ciático que es gordo como tu dedo pulgar y que, por la combinación de ciertas cosas (entre ellas la edad y el desgaste de tus vértebras, como es mi caso) lo descubres en toda su extensión.

Esto es, desde la cintura hasta los dedos de tus pies, lo que permite que expreses tu descubrimiento con un lamentable ¡Ay!

Según sea la gravedad de tu lesión, puedes quedarte literalmente “duro”, es decir que, si estás sentado, no te puedes erguir, y si estás de pie, no te puedes sentar.

Es ese momento de la vida en que ya no decimos “ésta es mi rodilla izquierda y ésta es la derecha”, sino, “ésta es mi rodilla buena y ésta, la mala”.

En esto estaba, con la azada en mano, que vino a mi memoria la imagen de aquella mujer encorvada de la que nos cuenta Lucas. [1]

“Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.”[2]

Pensé en aquella mujer caminando dificultosamente, soportando el dolor en sus huesos para llegar a la sinagoga esa mañana de shabbat.

Entre las muchas personas que estaban allí, Yahoshúa la vio, la llamó, ella fue y la libró de la esclavitud a una enfermedad que por 18 años la había tenido literalmente, encorvada.

Sin embargo, el encargado de la sinagoga que estaba presenciando todo, no pudo ver la manifestación del Padre en esta sanidad y tampoco la liberación que el Mesías le traía a él mismo llamándolo a hacer el bien en shabbat.

¿por qué? “porque no la buscaba por fe, sino por obras.”[3]

¡Porque tenía un corazón que era capaz de ofenderse, de irritarse, ante el mismo Elohim quien le estaba hablando por Yahoshúa! Por esta causa permaneció con su atadura sin poder ver que el reino estaba allí mismo, frente a él.

Las Escrituras nos dicen que algunos fariseos creyeron la verdad. No hacen falta evidencias para poner en marcha la fe, sino que es la propia voluntad humana de no querer hacerlo.

La incredulidad es negación, es endurecimiento del corazón[4] y su raíz es el pecado[5].

El mismo enviado Shaúl estuvo ciego cuando persiguió a los enviados hasta que el Creador abrió sus ojos y puedo ver la luz: “Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo”[6]  y Shaúl experimentó la certeza de que sólo en el Mesías se tenía justificación.

“¿Tú crees en el Hijo del Hombre?”[7]

¿Qué hace a un corazón endurecerse? Muchas veces es el orgullo, otras los miedos, también la ignorancia, un poquito de cada cosa va pesando en el corazón que se va poniendo rígido y al momento de abrirse a la verdad, no puede.

Me ha ocurrido compartir la Palabra con personas que tienen un granito de fe, pero finalmente lo ignoran, pues se entromete el corazón endurecido que les dice: no te conviene, ¿por qué?

Porque no quieren salir de su zona de confort y en tiempos en donde están de moda las psicologías positivas y los estereotipos religiosos son tan fuertes, los prejuicios por ignorancia terminan triunfando y ese pequeño granito de fe que el Abba puso en ellos, entra en letargo.

 “Luego, apareció a los Once cuando estaban sentados a la mesa, y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.”[8]

Puede ocurrir que nuestro ánimo decaído nos ponga en situaciones de incredulidad y aparezcan nubarrones oscuros que nos impidan ver con claridad, como le sucedió a Eliyahu cuando se metió en la cueva pues Izével buscaba su muerte.

¿Cómo es que un día la fe tremenda de Eliyahu lo mueve a enfrentar a los 450 profetas de Baal y otro día se mete en una cueva a dormir para evitar la realidad?

Aliado o Enemigo

La mente es muy poderosa y sabemos que puede convertirse en nuestro aliado, pero también, en nuestro peor enemigo.

La condición caída del hombre puede jugarnos en contra  y  surgir preguntas, temores, desilusionesy necesitamos que Él venga y le diga: “Sal afuera y ponte de pie en el monte, delante de YHWH”[9]  y para que él lo haga, para que nos vea y nos llame como el Mesías a la mujer encorvada no podemos dejar que pase tiempo, tenemos que ir ese shabbat a buscar oír su palabra, no podemos encerrarnos en la cueva y taparnos los oídos, sino que “me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti.”[10]

Trabajar en la huerta es reconfortante, pero hay momentos en que te duelen los huesos por estar en la misma posición mucho tiempo y entonces tienes que modificar tu postura, estirarte, movilizarte para no quedar como la mujer encorvada.

Así con la fe que nos fue dada: ¡tengámosla siempre en movimiento!

¡Seamos siempre llenos de gozo y de su espíritu de santidad, en el nombre del Mashíaj!

¡¡Amén!!


[1] Lucas 13: 10-17

[2] Juan 8:32

[3] Romanos 9:32-33

[4] Marcos 16:14

[5] Hebreos 3:12, Juan 3:20-21

[6] Juan 1:9

[7] Juan 9:35

[8] Marcos 16:14

[9] 1ra.Reyes 19:11

[10] Lucas15: 18

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