Las Quejas

Por. Silvina Carrizo

Desde tiempo atrás se oye decir en mi país que “la queja, es el deporte nacional.”

Quizás sea un tanto exagerado, pero parece ser que siempre se tiene un motivo para sufrir, y apenas suena el despertador para ir a trabajar se exclama la primera queja del día.

En la fila del banco, la de la caja del supermercado o la del colectivo es buena ocasión para quejarse: porque la fila no avanza.

También, porque hace frío y porque hace calor; porque el barbijo (tapabocas) te hace daño y no habría que usarlo y porque si no se lo usa es porque nadie obedece.

Ni hablar de cómo están los precios, las veredas, o la educación, en este que es el país más caro del planeta.

Y no sigamos con otros temas porque como dice uno de los tangos más reconocidos: “Todo es igual, nada es mejor” mientras otro se llama “Quejas de bandoneón” porque ¡hasta el bandoneón se queja!

De manera que parece ser que sobran motivos para la queja.

¿Todo Tiempo Pasado Fue Mejor?

“No digas: ¿por qué ha sucedido que los días anteriores resultaron ser mejores que estos?[1]

No es casualidad que en las letras tangueras la nostalgia esté presente acompañando a la queja, porque se idealiza un pasado que ya no está o un presente que no es como quisieras.

A los tiempos de la juventud se los ve como felices, pero suele ser un pensamiento tramposo porque está teñido de emociones y claro, el pasado no nos crea ansiedad como puede hacerlo el presente.

Otras veces nos quejamos porque no estamos conformes con las situaciones que nos tocan vivir o porque tenemos una profunda insatisfacción.

Hay quejas y quejas, y situaciones realmente merecedoras de ellas por las que, quejándote, ocasionalmente puede servir para mejorar o cambiar una situación.

La Queja Innecesaria

El problema es cuando la queja no es necesaria y se vuelve costumbre.

Un dicho popular dice:

Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejas? Si no lo tiene ¿por qué te quejas?

Hace tiempo atrás yo padecía de “rinitis”, cuestión molesta por la que solía quejarme. Los médicos me dijeron que era algo frecuente y recetaron medicación para aliviarme.

Busqué información por varios medios hasta que dí con un médico terapista neural, quién me explicó la manera en que las harinas blancas y especialmente los lácteos producen mucosidad.

“Muchas veces nuestras quejas se repiten porque no nos ocupamos de modificar la situación.”

Yo debí tomar la decisión: o sigo con los remedios de por vida o dejo de comer harinas y lácteos, a ver si resulta.

Me lamenté: ¿cómo voy a hacer para vivir sin queso? ¿y sin harinas blancas? seguramente moriría de hambre.

Finalmente me decidí: no comí más quesos, ni yogur, ni pan, pero ¡no tuve más rinitis! 

Muchas veces sucede que mantenernos en la queja nos resulta más cómodo ante el sacrificio que tenemos que hacer para dejar de estar mal, porque, en definitiva, la queja, no sirve para solucionar nada.

La Queja Hace Daño A Los Demás

“…el quejoso ahuyenta a su amigo.”[2]

Quizás no nos damos cuenta que cuando nos quejamos, estamos volcando toda nuestra amargura en nuestro interlocutor.

Y le estamos haciendo daño porque quien escucha tratará de hacerte ver la parte llena del vaso o te dará opciones de salida, pero siempre habrá un “pero” para quien practica la queja.

Cuando nos quejamos queremos que quien nos escucha nos apoye y no que nos diga qué hacer para estar mejor.

Queremos que se nos consienta, pero si no lo hace, nos molestamos con él y nos sentimos incomprendidos.

Quejarse termina resultando agotador, no sólo para quien escucha la queja, sino también para la misma persona que se queja.

Un amigo que siempre te escucha lamentar, puede terminar desanimándose y apartándose.

Asimismo, sucede cuando en la relación matrimonial, las quejas se hacen habituales y entonces se pierde la alegría en el hogar, porque la queja es compañera de la amargura.

El Antídoto Para La Queja

“Canten alegres a Yahwéh habitantes de toda la tierra; adoren a Yahwéh con alegría, entren a su presencia con canciones.”[3]

¿Cómo vamos a presentarnos ante nuestro Creador con quejas?

¿Acaso si hemos estado quejumbrosas un buen rato no nos sentimos como sucias?

Recuerdo al leer, cuando al poco tiempo de haber salido de Mitsráyim toda la comunidad yisraelita se quejó contra Moshéh y Aharón lamentándose por la comida.

¡Hasta el punto que llegaron a desear haber muerto en el desierto!

A partir de sus quejas y murmuraciones se fueron debilitando más y más llegando a desobedecer al Creador, sin alcanzar a comprender que el sufrimiento era producto de sus propios errores.

“Un corazón gozoso da buena salud; el desánimo seca los huesos”[4]

La queja permanente nos saca el gozo y hace que todo lo veamos en tinieblas.

Puede debilitarnos hasta el punto de que podamos perder la fe y, lo que es más grave aún, hacer perder la fe a otros.

Recuerden que el mismo Moshéh sintió el agobio de un pueblo quejumbroso y se presentó ante el Creador reclamando por su calamidad.[5]

Por el contrario, un corazón gozoso y agradecido aún en la adversidad y en la enfermedad puede hacernos sentir reconfortados para aliviar y fortalecer aún a quienes nos rodean.

El enviado Shaúl nos exhorta: “Estén siempre gozosos. Oren sin cesar. Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Elohim para ustedes en el Mashíaj Yahoshúa. No apaguen el espíritu.”[6]

¡Amén! Shalom.


[1] Ecl.7:10

[2] Prov.16:28

[3] Salmo 100:1-2

[4] Prov.17:22

[5] Números 11:13-20

[6] 1Tes.5:16-19

Mujeres Ayin
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1 comentario en “Las Quejas”

  1. Shalom, muy lindo lo de *Las quejas y profundo* y es como una madeja de nunca acabar y se puede hacer al revés viendo lo maravilloso de vivir, de poder estar parada, sentada, esperando el turno, viva, con mis extremidades, cuesta a veces pero que reconfortante resulta el esfuerzo en medio de tanta corriente adversa.

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