¡Pero qué metiche!

Por. Silvina Carrizo

La palabra metiche se usa para referirse a las personas entrometidas, aquellas que tienen la costumbre de inmiscuirse en los asuntos que le son ajenos.

Seguramente coincidirán conmigo en que, si alguien logró obtener tal notoriedad, si a alguien le fue atribuido el mote de metiche, fue a las suegras.

Y como ya sabemos, una vez alcanzada la fama se torna difícil librarse del título, aunque no lo merezcas.

Probablemente tal atributo, haya tenido lugar en una época en que los recién casados compartían la vivienda con los parientes; y en la convivencia, se ofrecía la ocasión para la “metichosidad”, si me permite decirlo así.

Sin embargo, la “metichosidad” existe más allá de las suegras, ya que hay cuñadas, primas, etc.; sean mujeres u hombres, y cualquiera por fuera de nuestra vida, al que permitamos su entrada. 

Cuanto más les abramos las puertas de nuestra casa a un tercero, si tiene tal inclinación, mayor será la probabilidad de que te empiecen a dar direcciones, consejos y opiniones sobre tu vida.

Si vienen a cuidarte el perro te dicen cómo acariciarlo, cuántas veces peinarlo al día y no te asombres si te dicen que está necesitando un psicólogo canino.

¡Ni qué decir, si pides ayuda para que cuiden un rato a tu hijo!

No me digan que no se han encontrado con personas que se inmiscuyen, y, por tener cierto grado de experticia,[1] entienden todo lo que te sucede mejor que vos misma, y hacen juicios como teniendo la autoridad de una suegra.

Pero la verdad de la milanesa,[2] como se dice por acá, es que no sabemos a ciencia cierta, nada de nada de las personas.

Por eso el metiche corre el riesgo de equivocarse con sus opiniones, pudiendo, finalmente, causar mucho daño.

¿Quién se quiere poner en mis zapatos?

Hay un dicho popular que dice “Solo yo sé dónde me aprieta el zapato.”

Parece ser que la frase es del filósofo griego Plutarco, quien cuenta que un prestigioso romano repudió a su mujer a pesar de que ella era fiel y muy hermosa.

Sus amigos, que no podían creer lo que había hecho, reprobaron su postura y criticaron duramente.

Estos juicios llegaron a oídos del hombre en cuestión quien se les acercó y mostrándoles sus zapatos, les dijo: ¿pueden ver mi calzado? ¿Acaso han visto otros mejores, un trabajo más fino y delicado que este o más elegante? Sin embargo, sólo yo sé en dónde me está lastimando el pie.

Cierta vez, una mujer enferma, comentaba acerca de la cantidad de personas que opinaban sobre su ánimo y de las sugerencias que recibía acerca de cómo debía tomarse la situación;

y de como llevar adelante su enfermedad:

No seas negativa, piensa en positivo”; o “Sé exactamente cómo te sientes, ya pasará”; “No pienses en el dolor, controla tu mente” , y cosas por el estilo.

En un momento esta persona les pregunta: ¿y si llevan ustedes mi enfermedad ya que saben cómo hacerlo tan bien? ¿Por qué no cambiamos los zapatos míos por los suyos?

No sabemos cómo es estar dentro del pensamiento de las personas, de sus cuerpos, de sus dolores y, sin embargo, nos atrevemos a hacer juicios.

Pero ¿seríamos capaces de ponernos sus zapatos?

Y por casa… ¿cómo andamos?

Si estamos siendo metiches quizás nos cueste reconocerlo y tengamos que examinarnos, no vaya a ser que deban advertirnos.

Como lo hizo Shaúl (y si así es, bienvenida la exhortación, pues para eso conformamos un cuerpo)

“porque hemos oído que algunos andan desordenadamente entre ustedes, sin trabajar en nada, sino entrometiéndose en lo ajeno.”[3]

Recurriendo a Las Escrituras, lo sensato es que cada cual se ocupe de sus propias cuestiones; y como sugiere el proverbio, visite al vecino pocas veces.[4]

Cuanto más andemos de casa en casa, mayor es la oportunidad de andar ociosas y enredarnos en lo que no nos compete; corriendo, además, el riesgo de convertirnos en chismosas al enterarnos de las cuestiones ajenas.[5]

Pero lo cierto, es que somos humanos y el enviado Shaúl ha tenido que advertir de esto a los tesalonicenses; ya que lo esperable es que en una Asamblea no existan los “metiches”.

Pero ¿cómo hacemos para ayudar al hermano si no lo conocemos?

Somos alentadas a velar por los demás y no únicamente por nuestros propios asuntos,[6] por lo tanto, “considerémonos mutuamente para estimularnos al amor y a las buenas obras”, nos dice Shaúl.[7]

De manera que cuando un hermano nos necesite, podamos ser prontas para oírlo, pero ser tardas para hablar,[8] pues cuando hablamos mucho es como si nuestros comentarios fueran más importantes que la de prestarle atención, pues quizás solo necesite desahogarse y no nuestra opinión.

Que en todo lo que hagamos, busquemos agradar al Creador y no a nosotros mismos, pues “la sabiduría está delante del entendido”[9]

y ¿para qué hemos de sufrir como entrometidas en lo ajeno?[10]

Como nos dice Shaúl, que nuestra aspiración sea vivir en shalom; buscando trabajar en proveernos nuestro alimento espiritual para poder relacionarnos revestidos de amor, que es el vínculo perfecto.

“Por lo cual, anímense unos a otros y edifíquense unos a otros, así como ya lo están haciendo.”[11]

¡Amén!


[1] Experticia es la habilidad experta en un determinado conocimiento. La experticia es una cualidad que suma experiencia y habilidad en un área determinada.

[2] El modismo la verdad de la milanesa, que hace alusión al intrincado origen del plato, se emplea para desmentir contundentemente. Alude a una verdad inapelable.

[3] 2Ts.3:11

[4] Prov.25:17 “Visita a tu vecino pocas veces, no vaya a ser que se canse de ti y te deteste”

[5] 1Ti.5:13 “Y a la vez, aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa. No solo aprenden a ser ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no conviene.”

[6] Fil. 2:4

[7] Heb.10:24

[8] Stg.1:19

[9] Prov.17:24

[10] 1P.4:15

[11] 1Tes.5:11

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