¡Qué difícil es hablar el español!

Por: Silvina Carrizo

“Las palabras que escribiste alumbran, y dan entendimiento a los simples”[1]

Trabajé muchos años en una escuela rural cordillerana en donde los niños eran resultado de un crisol de nacionalidades: algunos eran hijos de ingleses, alemanes, otros de turcos, pero la mayoría eran hijos de gente de campo, oriundos de Chile, frontera que está muy cerquita.

El lenguaje que terminaba hablándose con tanta mezcla al principio se me presentaba inentendible y debí adecuar mi oído a la forma de hablar de muchos niños.

Cuando escuché por primera vez: “Mañana viene el oso” inmediatamente pensé ¿qué oso? Porque aquí osos no viven.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar que era una sola palabra: heloso, proveniente de “helada” que indicaba que por la mañana caería una.

Usaban expresiones más sencillas de entender como “realidamente” (por realmente) Pero cuando uno de los chicos me dijo: “losotros vinimos en la güidisa” me llevé gran frustración cuando no logré, a pesar de mucha insistencia, que aquel niño comprendiera que cuando se refería a la primera persona del plural debía decirse “nosotros” en lugar de “losotros”, no hubo caso.

Ah, y güidisa (Huidisa) se refería al nombre de la yegua debido a que se escapaba a cada rato: ¡huía!

Aprendiendo a leer, aprendiendo a escuchar…

La escucha se va ejercitando y de la misma manera que se aprende a nadar, nadando – ya que por más que me lo cuenten hasta que no me tire al agua no voy a aprender- a escuchar se aprende escuchando, a leer se aprende leyendo, y así con todo: embarrándote, se suele decir.

Y esto es válido para todas las edades, y cuanto más ejercitamos más comprendemos y cuando comprendemos: aprendemos.

Cuando el niño todavía no lee convencionalmente, lo hace a través del maestro en el que los niños ponen plena confianza: el adulto les lee y ellos van entendiendo las inflexiones de la voz, van imaginando e interpretando.

Les encanta escuchar el mismo cuento una y otra vez pues esto les permite anticipar el relato y hacerse preguntas.

Cuando pueden leer solos, vuelven a elegir los libros conocidos porque así van adquiriendo confianza en su capacidad de leer y, lo más importante, es que van repasando los detalles que se van volviendo cada vez más conocidos lo que les permite centrarse en otros aspectos del texto para su mayor comprensión.

La diferencia entre oír y escuchar es como la diferencia entre leer y saber leer.

“Hijo mío, si tu mente obtiene sabiduría, mi mente también se alegrará.”[2]

Como cuando los niños se convierten en lectores independientes, de forma similar debe sucedernos a nosotros frente a las Escrituras.

En esto me dejó reflexionando el Moréh Carlos en ocasión de los estudios de los jueves, porque nos dijo algo que me hizo reparar en la diferencia entre leer y saber leer.

Nos dijo algo así como que quienes ya conocemos, digamos, el relato bíblico, nuestra relectura nos debe llevar a detenernos en los detalles que pasan desapercibidos, preguntarle a lo que allí está escrito por qué no dice ciertas cosas mientras otras sí o por qué el texto las repite.

Interactuar con lo escrito, hacerle preguntas, hipotetizar las respuestas y buscar verificarlas, indagar en el contexto, en las expresiones culturales de la época, aproximarnos al sentido de las palabras en la lengua que se escribieron para afinar el oído como cuando los chicos me hablaban para buscar construir el sentido de lo escrito, y así cada vez que volvemos a leerlo.

Vivir sin leer es peligroso ya que podemos creernos lo que allí no dice.

“¿Han entendido todas estas cosas? Ellos le dijeron: Sí”[3]

Así como en un comienzo los niños leen a través del maestro hasta que tienen las herramientas para hacerlo solos, como adultos no podemos descansar en que sean nuestros morím (maestros) quienes interpreten el texto bíblico y nos lo entreguen sin participar en la construcción de ese conocimiento porque de esta manera no se produce el aprendizaje.

Para aprender, es necesario que volvamos sobre dicha escucha, hacer una nueva lectura, meditar en ello, indagar, convirtiéndonos así en lectores activos.

Como dice el enviado Pedro: “Deseen como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcan para salvación.”[4]

Nuestro crecimiento, nuestra madurez espiritual[5]está relacionada con el estudio de Su palabra, por lo que debemos desear estudiar con tanto hambre como desea la leche un bebé.

Porque de esto “depende la vida eterna: que te conozcan a ti como el único Elohim verdadero, y a Yahoshúa como el Mashíaj que tú has enviado.”[6]

Que Su palabra sea nuestro alimento diario para adquirir, no vano conocimiento, sino sabiduría y entendimiento para perseverar en el camino en el temor a YHWH.

¡¡HalleluYah!!


[1] Salmo 119:130

[2] Prov.23:15

[3] Mateo 13:51

[4] 1ra de Pedro 2:2

[5] 2da Timoteo 3: 15 al 17.

[6] Juan 17:3

Mujeres Ayin
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